El crimen que aprendió a tener oficina: De Watergate a la sala de Directorio
La prueba del delito más grande de la historia corporativa cabía en un post-it amarillo. Sobre él se anotaba a mano la autorización del soborno —cuánto y para quién— y, una vez ejecutado el pago, alguien despegaba el papelito y lo tiraba. Sin tinta en un libro. Sin firma en un expediente. Sin rastros. El […]


